Torca del Carlista (Ranero, Carranza,Vizcaya) 21 de marzo 2026


Araceli Martínez

Plan muy esperado por algunos de los diez participantes que fuimos el pasado fin de semana a esta Torca tan mítica de la provincia de Vizcaya, limítrofe en su boca con Cantabria, por tan sólo unos 50 metros. Para ocho de nosotros era la primera visita, mientras que Guille y Pepe ya la habían descendido en multitud de ocasiones. Adelanto que esta vez tampoco llegamos al “sifón terminal”, como era su propósito y tanta ilusión hacía conseguirlo; así que queda pendiente para la próxima visita. Los que nos estrenamos en esta nueva búsqueda fuimos, Chechu, César, Juan, Marina, Alma, Carla, Sandra y Araceli.

Como es tradición, el alojamiento conjunto se hizo en el Restaurante/Albergue Coventosa, en Asón; donde tenemos unas maravillosas habitaciones dobles con baño privado, un amplio comedor abajo para cocinar lo que queramos, compartir a gusto, y unas vistas de montañas para quedarse a vivir allí. Llegamos el viernes, y para cenar dimos cuenta de las ricas viandas que Pepe había comprado para todos. Después de un buen descanso y un nutritivo desayuno cogimos los coches rumbo al parking de Pozalagua. Allí ya nos ponemos el equipo completo, y repartimos las 4 sacas de cuerda y las 4 de agua, comida y material diverso. El día estuvo particularmente soleado y cálido, más de lo que cabía esperar en estas fechas por el norte, así que la aproximación a la boca (ruta de ascenso de unos 45 minutos) estuvo tarzanizada desde las 10:30am.

En la cima, cual guardián custodio de la boca de la Torca, nos encontramos a un recio hombre que resultó ser del club de Vizcaya y de los que, con Diego Dulanto, reequiparon la Torca; y que tenía muchos amigos en común con Pepe. Tras charlar un rato con él nos organizamos el orden de bajada: Chechu iba a instalar, Pepe de segundo revisando, Araceli tercera -para ir cogiendo idea de la instalación-, Alma, Marina, y el resto. Al ser diez, se decidió la acertada idea de instalar tres cuerdas en el volado, que hizo que se hiciera todo sin casi esperas.

La vista de la bóveda en la bajada tras el embudo es espectacular. Eso sí, aprendimos que si pesas poco, tipo todas las chicas que fuimos, la bajada de P85 m. con una cuerda de 10 mm te requiere ir metiendo cuerda al stop a mano durante casi toda la bajada; lo que tiene de ventaja es que ni quemas la cuerda, ni bajas teniendo que controlar “el exceso de velocidad”. Se agradeció el que Pepe nos esperara abajo para caer todos de pie. Sentimos que una de las cuerdas, que estaba rizada, hiciera girar sin parar en el descenso de Carla, y bajara dando tantas vueltas que se mareó durante un buen rato. Superado el incidente, el resto de la visita, a pie por las diferentes salas, transcurrió sin ningún problema. Yo me temía mínimo alguna torcedura de pie entre los grandes bloques que llenan la Gran Sala G.E.V, pero avanzamos cual cabras montesas y salimos totalmente ilesos.

Otra cosa que aprendimos fue que, cuando ves la Virgen de Jon Arana al bajar (nombre puesto por los espeleólogos en honor al que la colocó allí, con 81 años, y el primero en descender la Torca en 1954 y con escalas), es el momento de coger la brújula y mirar en la topografía hacia dónde está la Sala Iradier. Si no se hace, se tira de intuición y sigues los hitos, siempre se puede disfrutar de una maravillosa e interesante ruta por la Gran Sala, hacía Pozalagua, viendo fósiles, estalactitas que se iluminan como lámparas y muchos bloques enormes que trepar y destrepar.

Aprovecho para contar que apenas 14 metros separan Pozalagua del resto de la Torca, y que se ha pensado en dinamitar ese trozo para abrir el pasillo que uniera esa última sala con el resto, pero se descartó la idea por el razonamiento de la Diputación de Vizcaya que apunta que las corrientes que se producirían por conectar las dos bocas destrozarían el ecosistema actual, al bajar la temperatura.

Tras nuestro paseo por la Gran Sala tomamos rumbo a la Sala Iradier, donde contemplamos los hermosos espeleotemas del camino y de la sala, y paramos a almorzar.

Seguimos caminando entre formaciones, hacia la sala Aranzadi. Disfrutamos mucho de la belleza natural que teníamos delante, y hubiéramos seguido hasta el final, pero vimos muy razonable la decisión de parar en ese punto antes de llegar al fondo de la cavidad, teniendo en cuenta la hora, y optar por un regreso tranquilo y con fuerza suficiente para el ascenso por los pozos.

La recompensa fue un regreso por los bloques casi directo (siguiendo las flechas negras y los reflectantes), una subida a tres cuerdas disfrutando de la bóveda, cada uno a su ritmo, pero sin apenas espera, y hasta un atardecer con el Cantábrico de fondo. Contaré que quizás el próximo grupo que vaya se encontrará un puño al lado de la Virgen, que por gracia divina no rozó a nadie al caer.

Vuelta a los coches charlando monte abajo, foto de grupo con el traje de romano apenas manchado, y una deliciosa cena donde cerramos un magnífico día. No sabes si lo mejor de estos planes son las cuevas o la buena compañía.

Araceli Martínez

 

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